Fustán blanco y poder femenino definen carnaval ayacuchano

Fustán blanco y poder femenino definen carnaval ayacuchano


El carnaval ayacuchano es más que música y baile: es una expresión histórica de identidad y, sobre todo, de transgresión. Así lo señala Mario Cueto Cárdenas, ingeniero, periodista y miembro del Patronato Cultural de Ayacucho, quien remarca que la festividad ha sido, desde hace décadas, un espacio donde la población desafía normas sociales y reafirma su esencia colectiva.

Uno de los símbolos más potentes de esta rebeldía es el fustán blanco. En la Huamanga conservadora de los años 50, esta prenda era considerada ropa íntima. Sin embargo, cuando una mujer decidió usarla públicamente, la reacción de un sacerdote que criticó el hecho desde el púlpito provocó un efecto contrario: las mujeres adoptaron el fustán de manera masiva como respuesta a la censura. Desde entonces, se convirtió en emblema de libertad.

Crecimiento caótico, dinero y fiesta: tensiones de la identidad ayacuchana actual

Para Cueto, este episodio consolidó el papel protagónico de la mujer dentro del carnaval. A diferencia de otras ciudades, en Ayacucho ellas encabezan las comparsas mientras los varones acompañan con los instrumentos. Además, muchas coplas presentan a la mujer como figura irónica y desafiante frente a viejas estructuras de poder en las relaciones de pareja.

El entrevistado subraya que toda manifestación cultural, cuando se vive con intensidad, termina convirtiéndose en identidad. El carnaval heredó influencias coloniales donde, bajo máscaras y disfraces, los sectores subordinados podían expresar reclamos sin represalias. Con el tiempo, esa licencia para la crítica se integró a las costumbres locales.

Así, cada febrero, las calles se convierten en un escenario donde tradición, humor y memoria se entrelazan. El liderazgo femenino y la historia del fustán blanco recuerdan que el carnaval ayacuchano nació como un acto de afirmación frente a la autoridad y continúa siendo un territorio de libertad cultural.

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