El Carnaval Ayacuchano, una de las celebraciones más representativas de la región, tiene un origen histórico que se remonta a la tradición medieval europea introducida en América durante la colonia. Así lo explica el antropólogo Jefrey Gamarra, quien señala que el antiguo Carnaval de Huamanga fue incorporado al calendario religioso previo a la Cuaresma, convirtiéndose en un periodo simbólico donde se invertían los roles sociales y se permitía la crítica pública a las autoridades como forma de desahogo colectivo.
Con el paso del tiempo, la festividad se integró a las dinámicas culturales locales y se fusionó con expresiones andinas, generando una identidad propia. En el ámbito musical, el carnaval conserva estructuras basadas en coplas breves, repetitivas y de fácil memorización, generalmente en tonalidades mayores, que favorecen el canto colectivo. Más que la complejidad técnica, la música cumple una función social: propiciar la participación, la improvisación y la interacción comunitaria.
Carnaval huantino: entre la transformación musical y el riesgo de perder la esencia
La sátira, el humor y la crítica social forman parte esencial de esta tradición, rasgos heredados de su origen medieval. Las coplas podían ser amorosas, picarescas o críticas, creadas en el momento según el contexto, lo que convertía al carnaval en un espacio de expresión libre antes del periodo de recogimiento religioso.
La vestimenta también refleja el proceso histórico de adaptación cultural. Elementos como el fustán femenino, sombreros, blusas bordadas y disfraces simbólicos se consolidaron entre el periodo colonial y republicano, combinando herencia europea y creatividad local. Para Gamarra, comprender el carnaval implica reconocer su doble naturaleza: europea en origen y andina en apropiación, manteniendo hasta hoy su esencia de celebración colectiva y transgresión simbólica.
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