La identidad ayacuchana ha atravesado una transformación profunda a lo largo del último siglo. Para el sociólogo y periodista Carlos Pérez Sáez, la ciudad pasó de ser un espacio “casi señorial”, marcado por la exclusión social y racial, a un escenario donde nuevos actores ocupan los espacios de poder gracias, principalmente, a la educación y a los cambios estructurales del país.

En las décadas de 1950 y 1960, Ayacucho estaba dominado por una élite reducida de familias con apellidos compuestos, dueñas de fundos y cargos públicos. La segregación era cotidiana: campesinos no podían caminar por ciertas veredas, ingresar a tiendas ni circular libremente por el centro de la ciudad. El mercado de Santa Clara funcionaba como un espacio periférico donde la población rural solo permanecía de manera temporal. Incluso autoridades locales eran sancionadas si no enviaban trabajadores del campo para labores de limpieza urbana, reflejo del racismo institucionalizado de la época.
Este orden social empezó a resquebrajarse con la reapertura de la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga, que permitió un acceso más amplio a la educación superior y generó un choque directo con el statu quo de la élite tradicional. A ello se sumó la reforma agraria, que modificó la estructura de la propiedad y abrió nuevas posibilidades de movilidad social.
Bilingüismo, migración y carnaval: la identidad ayacuchana en constante transformación
Pérez Sáez sostiene que los actuales líderes políticos, judiciales y empresariales son, en muchos casos, descendientes de campesinos beneficiados por estos procesos. La evidencia se observa en el cambio de apellidos en cargos públicos: donde antes predominaban linajes tradicionales, hoy destacan apellidos de origen andino. Esta transformación no es solo simbólica, sino estructural, pues expresa la ocupación de espacios históricamente negados a amplios sectores de la población.
La matrícula escolar y universitaria confirma esta tendencia. Los llamados “apellidos originarios” son cada vez más numerosos, consolidando una nueva clase dirigente. Así, Ayacucho vive una redefinición de su identidad social, marcada por el ascenso de sectores antes marginados y por una educación que se ha convertido en el principal motor del cambio.
- Versión resumida, lee la información completa en la edición impresa y la edición digital de Jornada







